viernes, 2 de enero de 2015

Tras el exilio de tu cuerpo I

Tú me recuerdas...

I

Tú me recuerdas las mañanas frescas del porvenir, azules, verdes y húmedas. 

El canto de las cascadas que entonan las historias fundacionales, y a los leales troncos que les acompañan.

Las melodías de los pájaros en las mañanas de sol, a las despedidas en las noches estrelladas, y los cielos azules en días reflejantes. 

A los coros de las hojas de los árboles que enuncian historias, que las refundan y que se hacen vida con la lluvia. 

Las compañías con abrazos nocturnos, a las manos juntas por las tardes iluminadas, y las mañanas enamoradas por la bienvenida del sol. 

II


Yo te recuerdo en todos sitios: 
Cuando sonrío y lo comparto. 
Cuando me veo y los veo. 
Cuando lloro y me resignifico. 
Cuando amo momentos y los anuncio. 


III

Eres esa sombra que me acompaña, la que simbólicamente tomo de las manos todos los días para recordar el ilusorio porvenir compartido. 

Como la mirada de sentidos, que ni la brújula puede guiar, y ni la razón puede resolver. 

Eres ese deseo inconcluso, incumplido, poco probable y esperanzador. 

Como estar perdido en la selva nocturna, rodeada de monstruos, indescriptibles, el pasado oscuro cuando perdí tus brazos de sol. 

Eres el pensamiento de la mañana que tiene que se librado de mi cuerpo. 

Como ese anhelo que rehusa irse, que quiere quedarse, hacerse sueño para volar.


IV

Eres como, pero ya no sé si seguirás siendo. O si aún seas, o si ya no eres. Ya no te recreas, te vas con tus suspiros que ya no compartes, que ya no los haces nuestros.

El verso que promete ser el último, pero con una palabra se abre en suspensivos. 

Te vas con la noche sin resignificarte. Te vas sin mis puestas de sol ni mi claro de luna. 

Te vas contigo, con los tuyos, pero no conmigo.


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