Hace días que no salgo en la bicicleta. Hace días que no
siento el viento recorrer mis mejillas y la atenta perspectiva a la calle que
se abre al transitar por la Ciudad. Le he puesto en suspenso por disponerme a
sentir mis pies caminar por las calles, y darme el chance de escucharme al
andar.
Al andar las perspectivas y miradas cambian de ángulo;
ahora el trayecto es más largo, mis manos sostienen los objetos que decido
sostener y mi cabello no se deja llevar por el viento; se adhiere a mis hombros
para cubrirlos, o se instala en una trenza, detrás de mis orejas.
Caminar me ha permitido escuchar mis pensamientos, los
pendientes y desencantos que he escuchado. Lo que resuena se transforma en
preguntas, movimientos, coincidencias, desencuentros y cuentos con finales alternativos,
no los esperados como la mirada anterior con que los evocaba.
Hay una introspección que se conjuga con los pasos, entre
los veloces y los lentos; entre el detenerse y contemplar la ciudad, sus muros,
sus reencuentros, sus esquinas, barrios y flores de asfalto que se asoman, qué
parece un milagro que se encuentren resistiendo. Entre los que esperan debajo
del reloj en el metro, y los que nos esperamos tantito para no seguirnos de
largo, porque miramos al otro en su andar, no lo empujamos en la multitud, no
lo anulamos en su posible ajenidad.
¿Por qué escribí lo anterior? Porque mis encuentros cotidianos
son en el Centro Histórico, cerca de la Merced, con la niñez que escribe su
tarea en un banco mientras acompañan a su madre en su puesto; quien torea al
escuchar a un señor con wolkie tokie, y se convoca de los niños de
otros puestos para comerse unos tacos después de la escuela. Los niños que se
suben a la bici o caminan desde mesones para llegar a la escuela. Los que no
desayunan porque se quedan dormidos, a soñar y llevar sus sueños a la escuela.
La niñez que en lo habitual es acompañar a mamá a comprar mercancía y estar
entre la multitud y el ruido de lo cotidiano.
La niñez que habita en el Centro Histórico, y vive ocupando
edificios viejos; que conoce a otros niños de la vecindad. Habituarse a las
manos sucias y a los juegos en el patio. A cerrar sus ventanas al oscurecer y
encontrarse en el camino en la mañana para ir a la escuela.
Me convoco a caminar, para pasar lento y escuchar, mirar
y conocer qué pasa después de la escuela. Descubrir en mí, otra manera de
mirar, y de preguntar; hasta de hacerme escuchar. Sentir cómo es recorrer la
Ciudad habitándola, imaginar cómo es para ellos habitarla. Andarla sin ruido en
la mañana y estruendosa por la tarde, cuando el rayo del sol acompaña.
Pensarme niña, pensarme maestra, pensarme para crearme,
para posicionarme de nuevo, para dejarme movilizar por lo cotidiano sin
adjudicarle un nombre propio, porque son muchos nombres, caminos y encuentros
nuevos. Porque cada día es un día distinto al anterior. Porque la niñez tiene
voz, espacios y creaciones, porque por ello nos convocamos en la escuela, para
armar otras maneras de aprender, cuestionar y soñar.
Ya volveré a la bicicleta, y así, recorrer mis huellas
del andar.