viernes, 6 de mayo de 2022

Mis sentires...

 

Hace días que no salgo en la bicicleta. Hace días que no siento el viento recorrer mis mejillas y la atenta perspectiva a la calle que se abre al transitar por la Ciudad. Le he puesto en suspenso por disponerme a sentir mis pies caminar por las calles, y darme el chance de escucharme al andar.

Al andar las perspectivas y miradas cambian de ángulo; ahora el trayecto es más largo, mis manos sostienen los objetos que decido sostener y mi cabello no se deja llevar por el viento; se adhiere a mis hombros para cubrirlos, o se instala en una trenza, detrás de mis orejas.

Caminar me ha permitido escuchar mis pensamientos, los pendientes y desencantos que he escuchado. Lo que resuena se transforma en preguntas, movimientos, coincidencias, desencuentros y cuentos con finales alternativos, no los esperados como la mirada anterior con que los evocaba.

Hay una introspección que se conjuga con los pasos, entre los veloces y los lentos; entre el detenerse y contemplar la ciudad, sus muros, sus reencuentros, sus esquinas, barrios y flores de asfalto que se asoman, qué parece un milagro que se encuentren resistiendo. Entre los que esperan debajo del reloj en el metro, y los que nos esperamos tantito para no seguirnos de largo, porque miramos al otro en su andar, no lo empujamos en la multitud, no lo anulamos en su posible ajenidad.

¿Por qué escribí lo anterior? Porque mis encuentros cotidianos son en el Centro Histórico, cerca de la Merced, con la niñez que escribe su tarea en un banco mientras acompañan a su madre en su puesto; quien torea al escuchar a un señor con wolkie tokie, y se convoca de los niños de otros puestos para comerse unos tacos después de la escuela. Los niños que se suben a la bici o caminan desde mesones para llegar a la escuela. Los que no desayunan porque se quedan dormidos, a soñar y llevar sus sueños a la escuela. La niñez que en lo habitual es acompañar a mamá a comprar mercancía y estar entre la multitud y el ruido de lo cotidiano.

La niñez que habita en el Centro Histórico, y vive ocupando edificios viejos; que conoce a otros niños de la vecindad. Habituarse a las manos sucias y a los juegos en el patio. A cerrar sus ventanas al oscurecer y encontrarse en el camino en la mañana para ir a la escuela.

Me convoco a caminar, para pasar lento y escuchar, mirar y conocer qué pasa después de la escuela. Descubrir en mí, otra manera de mirar, y de preguntar; hasta de hacerme escuchar. Sentir cómo es recorrer la Ciudad habitándola, imaginar cómo es para ellos habitarla. Andarla sin ruido en la mañana y estruendosa por la tarde, cuando el rayo del sol acompaña.

Pensarme niña, pensarme maestra, pensarme para crearme, para posicionarme de nuevo, para dejarme movilizar por lo cotidiano sin adjudicarle un nombre propio, porque son muchos nombres, caminos y encuentros nuevos. Porque cada día es un día distinto al anterior. Porque la niñez tiene voz, espacios y creaciones, porque por ello nos convocamos en la escuela, para armar otras maneras de aprender, cuestionar y soñar.  

Ya volveré a la bicicleta, y así, recorrer mis huellas del andar.