domingo, 11 de enero de 2015

Oníricos I

Esperando para ir a la Frontera Corosal me senté en una vereda para esperar la colectiva que nos desplazaría a otro espacio arqueológico; veníamos de la mitad de la selva, habíamos convivido con lacandones y conocíamos los lugares arqueológicos que preservaban las significaciones de los mayas, las representaciones históricas y los lugares míticos y ceremoniales.

La idea de ir a esa frontera,  me invadía de sensaciones que ya daban cuenta del exilio del que estaba saliendo, era como si no me supiera que lo estaba, era como si me hubiera habituado a estar exiliada, pero ese es otro cuento.

Estaba en la vereda sentada, esperando, de pronto una chica piel canela se sentó junto a mi, me preguntó a dónde iba y porqué estaba sentada sola (cabe mencionar que yo traía un vestido largo blanco con flores bordadas, lo cual llamaba un poco la atención), le respondí que iríamos a la frontera...vengo con una amiga; ella me preguntó después, ¿te gustan las historias de pasiones?, reí un poco y asenté con mi cabeza un si.

Yo estuve enamorada de alguien que conocí en un viaje, así, mochileando. Mírame, no soy muy guapa, pero soy inteligente, no muy lista, pero inteligente. Él es guapo, alto, mayor, con una mirada que sé que sólo era para mi, nos conocimos en Bonampak, nos sacudió el sentir de estar en medio de la selva y me fui con el a seguir mi ruta.

Viajamos la ruta maya, hasta cruzamos a Guatemala, yo estaba fascinada con él, era tan brillante que se contagiaba, era tan apasionado que se sentía y nos amábamos hasta en los días de sol. Yo decidí dejarlo todo en mi ciudad para quedarme a su lado, dejé el trabajo, la universidad, a mis amigas, a mi familia por estar con él, no había nada que me detuviera y él parecía estar encantado con mi presencia. Pasaron los días y seguíamos entregándonos a la vida en incertidumbres, soñábamos a mitades de los caminos, pero nunca en futuros, esos no los mencionaba él; a veces me parecía que había huido de alguien o algo.

Pasaron los meses, mi familia me buscaba, pero por más que lo pensaba no quería volver, me quería quedar soñando con él, quedándome en sus ojos, pero no había nada después. Si cerraba los ojos yo lo veía pero él a mi no, yo estaba perdiendo mucho, estaba apostando demasiado. Él podía cerrar nuestros encuentros porque no hablaba de más tiempo para compartir, sabía que si él retomaba su vida sería prioridad y yo no quería sentirme desplazada por alguien a quien le compartía mi presencia. Yo pensaba demasiado a veces, pero en ese viaje aprendí a sentir y a pensar al mismo tiempo, como dice Galeano, 'pienso sintiendo, siento pensando',

Regresamos a Bonampak, el lugar de partida, tomé mis cosas y le dije que me iría a mi ciudad. Insistió que me quedara, que aún había mucho por viajar, por conocer, por sentirnos...

Le pregunté, ¿qué le dijiste?, ¿te quedaste?, ella me dijo, tú que hubieras hecho, estando tan enamorada y pasando momentos tan significativos, ¿qué dirías tú?...No sé, creo que no me quedaría, sino hay nada para sostenerse con alguien no hay sentidos para quedarse, ¿te quedaste?

Ella no me respondió enseguida pero me dijo que después supo que él huía porque había cometido varios delitos de los cuales nunca le quedó cuáles fueron. Recuerdo que me dijo: cuando regresé a casa supe que por muchos años me había sentido como exiliada, que había que cambiar cosas para estar con quienes se ama. Le dije a mis padres que me perdí en la selva, que no me encontraba.

¿Y él?, a él aún lo veo en sueños. Así de efímero son los encuentros, por eso hay que sentirlos y pensarlos. Le pregunté, ¿por qué volviste?, ella me dijo, es necesario resignificar.

Escuché mi nombre y me fui a abordar la colectiva, me esperaba la selva para despedirme de ella, al menos por un tiempo.


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