miércoles, 25 de septiembre de 2019

Querida M:

Discúlpame que haya conseguido tu dirección por otros medios. No quiero entrometerme en tu vida. De veras. Escribo en son de paz y sólo para contarte que estoy viviendo en la que solía ser tu casa, aquí en Santiago.

Sucedió que mi padre se mudó al campo y – para financiar el cambio – vendió la casa de San Carlos.Al principio intenté quedarme donde mi madre pero – como podrás imaginarte – el reencuentro nos duró poco. Dos días para ser exacto, después de los cuales tuve que buscar un lugar para arrendar. La primera casualidad me llevó a Maipú y la segunda directamente al teléfono de tu madre.
Por cierto, me reconoció enseguida. De hecho, fue especialmente amable conmigo. No me lo esperaba.
Supongo que estás al tanto de que encontró novio. Es lutier. Como tu tío. Por lo que he visto se llevan de lo lindo.

Hace un par de días vino S a preguntar por ti. Se quedó de una pieza cuando le dije que te mudaste a Buenos Aires. Al parecer tampoco le avisaste. Por reconocer algo puedo decir que nos hemos acompañado las soledades. Es que vive cerca y tu barrio es tan aburrido (…) Casi más aburrido que el mío. Debo agregar que está bien loca tu amiga, pero te quiere. Podrías escribirle.

También me encontré con F. Ayer. En la micro - ¿Te acuerdas?  Tu amigo poeta. El del Libro de los Osos.Se veía bastante maltrecho. Incluso, creo que aún te ama - y de seguro aún me odia porque no hizo ni el amago de saludar -
En todo caso, cuando llegamos a la parada de El Atraso, tuvimos que abrirnos paso entre los pasajeros y hubo un instante de complicidad. Sólo eso. Después cada uno siguió por su vereda – Tiene que haberse llevado una sorpresa terrible al verme abrir tu reja –

Pero bueno, te cuento que en este preciso momento estoy hirviendo agua en tu tetera. El mango tiene manchas de esmalte de uñas – naranjo – Todavía. Además, tuve que deshacerme de la televisión y de algunos muebles para instalar el escritorio. Los vecinos de la derecha me ayudaron a sacar el sillón. Son bien raros ellos.
Sin embargo, lo más curioso ocurre por la noche, cuando me acuesto y descubro que es tu cama. Y tu pieza.
Entonces me levanto del insomnio y, fumando en tu ventana, escucho pasar el tren – Tu mamá me prohibió estrictamente fumar adentro. Dijo que me ayudaría a fumar menos, que no podía ser, que por eso estaba tan flaco –
En fin.

El cielo llueve la nostalgia. Lo siento. No puedo evitarlo. Postergué esta carta todo el tiempo que pude pero desde que estoy aquí no es fácil de sobrellevar.
Así que déjame inventar que tu estadía en Buenos Aires fue una mala mentira. Digamos que nunca he besado a S. Sí. Hagamos como que estás aquí, sentada en el sillón, conmigo, mirando tu tele en blanco y negro mientras me quejo de no poder fumar.  
Insisto. Sostienes el tazón caliente con las dos manos. Y aprovechas de alegar  porque al bajarte de la micro  - con el teclado en la espalda – S te empujó y casi caíste.  
Más encima, F hizo burla del asunto y te enfureciste con él.

Ahora te escucho despotricar contra un profesor de la universidad y pienso que en un rato vamos a subir a tu pieza y haremos el amor hasta fallecernos. Pienso que a continuación fumaremos en tu ventana y pasará el tren. Pienso que es bueno que mi padre no se haya ido a vivir al campo, y que quizás mañana le haga un regalo. Pienso, en verdad, varias cosas pero - de momento - son la siete de la tarde, acabas de terminarte el café y tu mamá viene entrando – de la mano de su novio – con el pan y las paltas para tomar once.
-Mantoi - Tristan Vela

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